lunes, agosto 14, 2006

Historias que no importan a nadie... La historia de María Morales

Se desnudó frente al espejo y se encontró bonita. Se miró las piernas, el busto, el angulo de su cuello. Se preguntó si fuese hombre que se miraría primero, sin dudarlo pensó en sus piernas largas y hermosas. Se puso la falda negra con el peto rojo. Las botas negras con punta y largas acentuaban la belleza de sus extremidades y la chaqueta de cuero corta traída de su último viaje a Mendoza. Nada de ropa interior, para qué? si saldrían volando a los segundos después de haber entrado por la puerta de la casa de su amante.

Salió perfumada y parecía dejar una estela de limón detrás suyo. Y sin más la gente comenzó a mirarla al pasar por su lado, y dejaban de hacer sus cosas, paralizando incluso el tránsito, era el efecto de una aparición, la virginidad engañosa.

Se sentía única e irremplazable, se sabía deseada y admirada.

Abrió el portoncito café medio desarmado y tocó a la puerta. Nadie abrió. Esperó pacientemente, hasta que recordó que la puerta de la cocina del fondo permanecía abierta a veces.

Dio la vuelta lentamente escuchando alegremente como sus tacos retumbaban en el cemento, pensó ingenuamente en preparar algo para comer, aunque pronto desechó la idea, se tomaría un café y esperaría desnuda a que llegara él.

Sintió voces y se percató que la ventana de la pieza estaba abierta de par en par. A pesar del frío del aire, estaban desnudos. La mujer gorda e infame estaba sobre él. El se quejaba sordamente, pero ella se dio cuenta enseguida que disfrutaba aquello. Se quedó pegada mirando el sube y baja rítmico de la mujer que a pesar de su voluminosidad era bastante ágil. De pronto la desnudez le hirió los ojos, fue como si sus ojos se quemaran, se los cubrió con sus manos y ahogó un grito lento que le comenzaba desde el estómago. Vomitó en la esquina y quiso salir corriendo, pero sus botas dijeron lo contrario. Cayó estrepitosamente en la cámara de alcantarillado que estaba en un costado y permanecía sin tapa, el dolor la hizo desmayarse.

Cuando despertó tenía una pierna enyesada y vestía un camisón de hospital.

Sintió la mirada curiosa de la auxiliar paramédico. La observaba como si quisiera decirle o preguntarle algo. El dolor había pasado un poco aunque sentía dormida toda la pierna. Se quiso sentar y fue imposible. De pronto como una ráfaga de calor, se acordó que no traía ropa interior al momento de su accidente. El rubor la inundó y sin quererlo le lagrimearon los ojos. Al entrar por segunda vez la auxiliar, ella rehuyó la mirada y se cruzó de brazos, mirando las letras impresas en la sábana.

Al verse sola miró por la ventana y afuera se había puesto feo el día. Comenzaban a juntarse nubes y el sol se comenzaba a perder entre ellas. Se preguntó por cuanto tiempo tendría que permanecer allí y por que al parecer nadie había venido a verla.

Luego llegó el médico que traía esa misma mirada que le incomodaba tanto. La miraba y sonreía como adivinando lo que sentía. Quería salir corriendo.

En una semana, nadie fue a visitarla ni nadie llamó para saber de ella. Ni siquiera él.

A los días después que le dieron de alta, supo por la administradora del edificio que en las noticias habían dicho que una prostituta llamada María Morales, se había accidentado luego de asistir a orgía, cayéndose en una fosa de alcantarillado, siendo auxiliada por bomberos y quebrándose un tobillo.

Después de dos semanas de aquel incidente, le pidieron el departamento. Nadie quería tener por vecina a una prostituta, menos una que salió en la tele. Cuando hablé con ella me contó que actualmente su padre no le habla, se fue a vivir a un sucucho donde el agua y la luz se pagan dentro del arriendo y las moscas hacen de las suyas en el patio de atrás. Hace dos meses que no sale de su pieza, en este momento está comenzando a sufrir de obesidad mórbida y sigue viviendo con la pensión que le dejó al morir su marido, un jubilado de la armada.

Me preguntó si quería comprarle las botas, pero sufro de tobillo un poco ancho. Le dije que mejor me vendiera la falda pero es talla 42 y yo soy talla 46. Mala pata.

Esta historia es verídica.

Es verídica porque la inventé yo y yo no miento jamás.

1 comentario:

Vicente Moran dijo...

Si es real está super hiper bueno, pero si es inventado está requete ganial y estupendo. Viste que la cabeza da pa mucho. Oye igual me dejaste medio lelo con eso de tu vida, entonces tu fuiste como la cenicienta que fue rescatada por el príncipe azul y todo eso. Debes tener la media historia guardada.
Ya amiga la dejo y espero que su bebe y su esposo estén sanitos.

Saludos Vicentico.